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Medeski, Martin & Wood
La mesa de exquisiteces sónicas



17/9/2008

En su segunda presentación en Chile, después de un año y medio de un recordado y adictivo concierto, el trío noeyorquino hizo las cosas de otra manera. Más medido en empuje y más selectivo en sonido. Igualmente demoledor.

Iñigo Díaz

Es el sonido más simple de todo el arsenal ahí sobre el escenario el que consigue descargar esos aplausos que se mantuvieron contenidos por quince minutos entre el público del Teatro Oriente. John Medeski teclea el viejo y querido piano Fender Rhodes —el mismo que probaron en el jazz Joe Zawinul en el quinteto de Cannonball Adderley en 1966 y Herbie Hancock en el quinteto de Miles Davis de 1968— con un sentido del groove superlativo. Y es lógico: la audiencia demuestra su buen gusto musical ante la sensibilidad de un solista fino. Pero esta noche Medeski, el primer tercio del trío que remueve los patrones de un jazz posmoderno en la ciudad de Nueva York, tiene más sonidos que mostrar. El piano Rhodes es sólo uno de ellos.

Cada tanto Medeski sale de su asiento y se pierde en una zona con punto ciego del escenario. Ahí activa, opera y desactiva circuitos de cablerío y perillas que no se alcanzan a distinguir con claridad, pero que parecen parte de un modulador. Su ataque produce reportes sónicos con capas, explosiones y ruidismo puro que podrían convertir al compositor mexicano Juan García Esquivel en un simple jinglista. Alguien comenta entonces que la música de MMW está perturbada ahora y que después del ataque a las Torres Gemelas nunca volvió a ser radiante ni alegre como cuando los encontró por ahí el guitarrista John Scofield en 1997.

Chris Wood y Billy Martin, en el bajo pasivo y la batería de jazz, que además son los dos tercios restantes de la sigla MMW, reaparecen ahora, y cada tanto, como si fueran los sidemen de John Medeski. Si Medeski, Martin & Wood se llamara John Medeski Trio, no habría mayor variación, salvo por los pasajes en que el motor de la música lo impone Wood con un modelo Fender Jazz Bass del ’64. Eso explica la idea central en el discurso estético de MMW: más que la composición, es la idea musical. Y más que la idea musical es la cualidad de su sonido: vintage parece una palabra demasiado mezquina.

Todos los instrumentos son viejos y suenan a viejos: el piano Fender y el bajo Fender. También el piano Wurlitzer y el Clavinet Hohner, el Arp String Ensamble y el Moog, que es una especie de central telefónica de la Segunda Guerra Mundial. John Medeski ejecuta todo ese sistema de sonido electrónico y el lado acústico le pertenece a Billy Martin, quien puede alternar golpes de una caja levemente inclinada hacia su frente (en lugar del uso habitual de los bateristas post-bop que la inclinan en sentido inverso), y un pato de goma. Cencerros varios o un platillo arrojado al piso con decisión: sus dinámicas de ritmo son igualmente demoledoras. Martin toca muy unido como sección con Wood, quien alcanza un sonido funk en todos los pasajes, incluso cuando él elige tocar un curioso contrabajo de menores dimensiones, que es el tamaño que las líneas aéreas permiten en sus vuelos. Una soberana estupidez.

Casi noventa minutos de música en el segundo concierto del grupo, a un año y medio de su estreno en Chile en el mismo teatro. Es una actuación distinta. No es adictiva como en 2007, sino selectiva. Ahora el público no baila, sino que escucha con atención y respeto. Está preparado para pasar a la mesa y probar la primera degustación de la nueva delicatessen de MMW: el volumen inicial de la trilogía discográfica The radiolarians, ya disponible en Santiago. 




Martin, Medeski y Wood, la tripleta neoyorquina que pulveriza los patrones lógicos del jazz acústico, la música electrónica y la improvisación experimental.
Archivo de MMW

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